
Pasaconsol (Ela era Eva Braun)
Publicado Por
BORGES CARREIRA
Traducción de
ISABEL SÁNCHEZ
Idioma
Espanhõl
– Aquí para el niño de la mamá – informó la vieja, sin decir la palabra “mariquita”, lo que interpreté como promesa de bonanza.
Chocamos los vasos. Dije “A nuestra salud”, consciente de que no teníamos nada en común. Ella respondió, en bajo, mirándome de forma severa, “A la salud de mi coño”.
Dudé antes de beber. Y ella, que ya había vaciado el vaso:
– ¿Por qué? ¿Cree que mi hermano más joven no merece elogios ni cumplidos? ¡Qué injusto es usted! Mi coño merece todo. Es, o más precisamente aún, fue muy trabajador. Y es un coño con historia, no es un coño cualquiera, de los que se encuentran por ahí en cada esquina. Pues tome. Excusaba de haber oído esta.
Después, no recuerdo bien los acontecimientos. Todo se volvió confuso y brumoso, como una mañana de noviembre en las márgenes del Tajo. Sé que brindamos por varias partes del cuerpo de Guilhermina y que gasté un vaso entero solo con sus senos. Recuerdo que el filete era tierno. No recuerdo quien pagó la cuenta, pero seguro que no fui yo. Recuerdo que el aire, afuera, era frío. Recuerdo que recité “El sentimiento de un occidental” mientras aguardábamos el taxi que habíamos llamado. Tal vez haya mezclado partes de “El guardador de rebaños”, pero no lo garantizo, porque, al final, el Tajo no era tan bello como el río que corría por mi aldea. Recuerdo que la voz de Guilhermina se fue haciendo más dulce y más lejana, como venida de un cielo que se preocupaba conmigo y donde estaba seguro. La voz y el perfume me acompañaron escalera arriba. Manos frías habían buscado algo en mis bolsos. Una llave abrió la puerta. Estaba en un cuarto de baño donde el suelo oscilaba, y vomitaba en un inodoro. Las mismas manos me guiaron hasta la cama, me descalzaron los zapatos, retiraron las sábanas y me metieron en la cama, todavía vestido. Se mantuvo algún tiempo junto a mí, diciendo a ratos cosas que no recuerdo, pero era bueno saber que había alguien allí. Después sobrevino un silencio mayor y alguien me trajo una taza de té muy azucarado, me levantó la cabeza y me obligó a beber. Durante algún tiempo más, la voz estuvo presente hasta llegar la primera claridad del día. Después, se cerró el pestillo de una puerta y se produjo un silencio hecho de paz y misterio, solo perturbado por la sensación de caer perpetuamente en valles perpetuos. Y una extraña sensación, la de estar enamorado de una pintura de una pared colocada a la entrada de un espejismo.
En la mesilla de cabecera, en el lado donde ella dormía normalmente, había un libro encuadernado en azul. Era “Prometeo o la Vida de Balzac” que le había regalado a cambio de su amor. Aproximé mi oído a sus labios y ella susurró palabras sin sentido. Y después interrumpió las mentiras que yo le estaba diciendo de que se iba a poner buena y que aquello era solo un momento de debilidad. Me cortó el discurso con la palabra “morfina”. Y después, con esfuerzo, me pidió que no me olvidase lo que le había prometido y que tenía que pedirme una cosa más, que le lamiese los pies, que se los chupase dedo a dedo, y que se los mordiese. Era la última voluntad de una condenada, y no se lo podía negar, so pena de pudrirme en el Infierno. Había sido ese último deseo lo que la había mantenido viva y ahora podría morir en la mayor felicidad.
Nos dejaron solos.
Subí la colcha. Los delgadísimos pies de mi dueña habían sido cuidadosamente lavados y perfumados por Gina, las uñas arregladas y pintadas de rojo vivo. Empecé a lamerle en suaves toques de lengua, subiendo del empeine hasta los dedos, y los chupé como si fuesen bombones. Su respiración era corta y difícil. Agonizaba de placer y cuando le mordí el pie derecho, su pecho dejó de jadear y se hizo el silencio. Dejó
de respirar. Su alma había emigrado hacia lugares infinitos, con localización desconocida.
Abrí el libro en la página 106, señalada con una cintita azul.
“De Balzac a la señora de Berny, 4 de octubre de 1822: Cuanto más convivimos más descubro en ti un sinfín de bellezas… Laure, te confieso la consagración del banco del parque, esa fiesta de un amor que creíamos moribundo, enciéndelo de nuevo y, lejos de ver en él un túmulo, ese lugar encantador me pareció un altar…”
No tengo opinión sobre su pasado. Solo tengo pruebas de los años maravillosos que viví a su lado y que han sido tan pocos. Nunca conocí a Eva Braun, solo conocí a una mujer que hacía gimnasia, buceo, fotografía, cine, y que se llamaba Guilhermina.
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